Hoy en día, los sellos de advertencia en los empaques ya no generan sorpresa. Están presentes en prácticamente todos los puntos de venta del país y forman parte de la experiencia cotidiana de compra. Para la industria, también se han integrado a los procesos de diseño, evaluación y comercialización. Sin embargo, asumir que el tema del etiquetado frontal ya está cerrado es una lectura incompleta de la realidad normativa.
La NOM-051-SCFI/SSA1-2010 continúa avanzando bajo un esquema progresivo. Su implementación no concluye con la etapa actual, sino que culmina con las Fase 3, cuya entrada en vigor está programada para el 1 de enero de 2028. Aunque esa fecha puede parecer lejana, el punto crítico para la toma de decisiones no será ese año, sino 2026.
La razón es simple: cuando la Fase 3 sea obligatoria, el margen de maniobra desaparecerá. Ya no será posible corregir sobre la marcha, ajustar etiquetas de forma reactiva ni improvisar cambios para cumplir. Las decisiones que no se tomen con tiempo pueden traducirse, en 2028, en impactos económicos, operativos y de posicionamiento difíciles de contener.
Por eso, el análisis de la Fase 3 no es ejercicio futurista, sino una discusión que debe comenzar ahora.
2026: el año que muchos subestiman
Desde afuera , 2026 luce como un periodo estable en términos regulatorios. Las empresas seguirán operando bajo la Fase 2, los criterios son conocidos y el etiquetado frontal ya forma parte de la rutina operativa. Esta aparente normalidad lleva a pensar que no hay urgencia.
Sin embargo, esa percepción es engañosa.
La Fase 2 tiene un final definido: el 31 de diciembre de 2027. A partir del día siguiente, el sistema de evaluación cambia de fondo. No se trata de un ajuste menor, sino de la aplicación del esquema más estricto que ha tenido el etiquetado frontal en México, con una revisión integral del perfil nutrimental del producto.
Prepararse para ese escenario no es rápido ni sencillo. Implicar revisar formulaciones, analizar la viabilidad de los ingredientes actuales, replantear análisis nutrimentales, evaluar porciones, modificar empaques, redefinir mensajes comerciales y alinear a diversas áreas internas. Estos procesos no se resuelven en semanas ni en meses.
Además, durante este periodo se está definiendo el núcleo técnico de la Fase 3 mediante la modificación al numeral 4.5.3. Esto convierte a 2026 en un año estratégico: todavía hay tiempo para analizar, simular y planear sin una fecha límite inmediata presionando las decisiones.
Quienes comiencen en 2026 tendrán margen para controlar el proceso. Quienes lo pospongan, probablemente enfrentarán el cambio con urgencia.
La lógica de una implementación gradual
La NOM-051 regula la información comercial y sanitaria que deben presentar los alimentos y bebidas no alcohólicas preenvasadas en México. Su modificación en 2020 respondió a una problemática de salud pública ampliamente documentada: el alto consumo de azúcares, sodio y grasas en la población.
El sistema tradicional de información nutrimental, concentrado en tablas al reverso del envase, resultaba poco efectivo para que el consumidor identificara riesgos de forma rápida. De ahí surgió el modelo de sellos frontales: advertencias visibles, directas y de lectura inmediata.
No obstante, implementar este sistema de manera definitiva desde el inicio habría tenido un impacto severo en la industria. Por esa razón, la autoridad optó por un esquema por fases, diseñado para introducir el modelo, ajustarlo progresivamente y, finalmente, consolidarlo.
Cada fase representa un nivel distinto de exigencia técnica y operativa. No se trata solo de plazos administrativos, sino de una transición planeada hacia un estándar más estricto y definitivo.
¿Qué representa realmente la Fase 3?
La Fase 3 marca el momento en que la NOM-051 deja atrás cualquier carácter transitorio. A partir del 1 de enero de 2028, la evaluación nutrimental se realizará aplicando completamente los criterios establecidos en el numeral 4.5.3, sin excepciones ni periodos de adaptación.
El cambio no es superficial. La lógica de evaluación se transforma de manera profunda:
- Se analiza el perfil nutrimental completo del producto.
- Los azúcares naturales y los añadidos se consideran de forma conjunta.
- Las grasas se evalúan como un conjunto crítico.
- El sodio se relaciona directamente con el aporte energético total.
- La presencia de un solo nutrimento crítico activa la evaluación bajo criterios más estrictos.
Este enfoque reduce de forma significativa la flexibilidad que existía en etapas anteriores. Un producto puede cumplir hoy y dejar de cumplir mañana, sin que su formulación haya cambiado. No porque el producto sea peor, sino porque el estándar se eleva. Por ello, la Fase 3 no es una etapa más. es el punto en el que el sistema de etiquetado frontal adquiere su forma final.
Un calendario legal ya definido
Durante los primeros años de implementación del etiquetado frontal, una de las mayores fuentes de confusión en la industria fue el calendario. Fechas que parecían definitivas se movían, circulaban interpretaciones parciales y coexistían versiones distintas sobre cuándo iniciaría la etapa final del sistema. Ese escenario cambió de manera definitiva en 2025.
Mediante un Acuerdo publicado el 31 de julio de 2025, se modificó formalmente el régimen transitorio de la NOM-051, estableciendo con absoluta claridad dos puntos clave:
- La Fase 2 permanecería vigente hasta el 31 de diciembre de 2027.
- La Fase 3 iniciaría el 1 de enero de 2028.
Este Acuerdo no fue emitido de manera unilateral. Fue suscrito de forma conjunta por la autoridad económica y la autoridad sanitaria, lo que le da un peso jurídico doble: regula tanto la operación comercial como la vigilancia sanitaria del etiquetado. Además, dejó sin efectos disposiciones previas que manejaban fechas distintas, cerrando la puerta a interpretaciones alternativas.
Desde ese momento, el calendario dejó de ser una hipótesis para convertirse en una certeza normativa. No se trata de una fecha “objetivo” ni de una proyección; es un punto de cumplimiento obligatorio. Esto tiene una implicación directa: el tiempo que resta no es tiempo de espera, sino tiempo de preparación. Cada mes que pasa sin ajustes estratégicos reduce el margen real de maniobra.
Diferencias de fondo entre la Fase 2 y la Fase 3
Comparar la Fase 2 con la Fase 3 únicamente en términos de valores técnicos sería quedarse corto. La diferencia más relevante no está en los números, sino en la filosofía de evaluación.
La Fase 2 ha funcionado, en la práctica, como una etapa de transición. Permitió a la industria familiarizarse con el sistema de sellos, entender su lógica, corregir errores de cálculo y adaptar progresivamente sus productos. Aunque los criterios se endurecieron respecto a la Fase 1, todavía existe cierto margen operativo para ajustes graduales.
La Fase 3 elimina ese margen. Aquí ya no existe la noción de “periodo de adaptación”. Los criterios se aplican en su versión final y el producto se evalúa como un todo, no como una suma de decisiones parciales.
Uno de los cambios más relevantes es que la distinción entre nutrimentos añadidos e intrínsecos pierde protagonismo. Lo que importa es el resultado final de producto: su carga total de azúcares, grasas y sodio en relación con su aporte energético. Esto significa que ingredientes que antes parecían “neutrales” pueden volverse críticos bajo la nueva lógica.
Además, la Fase 3 introduce un efecto acumulativo más severo. La presencia de un solo nutrimento crítico puede activar la evaluación completa bajo los perfiles más estrictos, reduciendo drásticamente la flexibilidad que algunas categorías aún conservan hoy.
En términos prácticos, un producto que actualmente cumple sin problema puede dejar de hacerlo automáticamente en 2028, incluso si su formulación no cambia. No es que el producto empeore, es que el estándar se eleva de forma definitiva.
Productos con mayor nivel de explosión
Aunque la Fase 3 aplica de manera general a todos los alimentos y bebidas no alcohólicas preenvasadas, su impacto será claramente asimétrico. La experiencia de las fases anteriores permite identificar con bastante precisión qué categorías enfrentarán mayores retos.
Las bebidas azucaradas, jugos y néctares suelen ser las primeras afectadas. La suma de azúcares naturales con los añadidos eleva rápidamente el perfil crítico, y en muchos casos provoca la acumulación de sellos incluso sin modificaciones aparentes en la fórmula.
Los productos lácteos saborizados, como yogures, leches con sabor y postres, enfrentan una presión adicional al combinar azúcares, grasas y carga energética en un solo producto. En estas categorías, mantener el equilibrio entre valor nutricional y cumplimiento regulatorio se vuelve cada vez más complejo.
La planificación industrial, galletas, confitería, botanas y cereales para desayuno conforman otro grupo de alta exposición. Aquí, la Fase 3 puede no solo incrementar el número de sellos, sino obligar a decisiones más drásticas: reformular, relanzar versiones alternativas o incluso descontinuar productos.
Los productos dirigidos a niñas y niños enfrentan un impacto doble. No solo por los perfiles nutrimentales, sino por las restricciones indirectas al uso de personajes, caricaturas y elementos gráficos. En la práctica, un producto infantil con múltiples sellos deja de ser competitivo desde el punto de vista de marca.
Finalmente, existe un grupo que suele subestimarse: los productos percibidos como “naturales”. Jugos de fruta, concentrados, mieles y mezclas vegetales pueden verse más afectados de lo esperado, ya que la Fase 3 no distingue entre lo natural y lo añadido cuando el perfil final resulta elevado.
¿Por qué se decidió aplazar la Fase 3?
El aplazamiento de la Fase 3 hasta 2028 no fue una concesión política ni una señal de debilitamiento de la norma. Fue el resultado de un análisis técnico, social y económico más amplio.
La autoridad reconoció que una aplicación inmediata de los criterios definitivos habría tenido efectos no deseados, particularmente en productos que forman parte de la alimentación básica y de programas sociales. Muchos de estos productos aportan nutrientes esenciales en poblaciones con acceso limitado a dietas variadas.
Reformularlos de manera forzada para cumplir perfiles más estrictos no siempre es técnicamente viable sin sacrificar valor nutricional o incrementar costos. Además, una transición abrupta habría generado presión sobre cadenas productivas completas, con riesgos de desabasto y aumentos de precio.
Extender la vigencia de la Fase 2 permitió distribuir el impacto en el tiempo, dar margen técnico a la industria y evitar distorsiones abruptas en el mercado. Es importante entender que el aplazamiento no suaviza la norma: simplemente concede tiempo para cumplirla de manera responsable.